sábado, 26 de noviembre de 2011

Amor no se escribe en la pared | El surco peatonal - Cap. 9


Esta es la primera serie que me animo a escribir de lo que llamo cuentos cortos impersonales la cual titulé Amor no se escribe en la pared.

Anteriormente:
Amor no se escribe en la pared.
Un nuevo actor en la escena.

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El surco peatonal.
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-9-

Invitó a unos amigos y fueron ellos y Su amigo a esa reunión. Ella llevó a una compañera de la pensión en la que vivía.

Él se encontró, una vez subido a la terraza, con el nuevo actor siempre al lado de ella en un extremo del sitio. Imaginó que estaba chamuyando* a full, como se suele decir. Le hirvió la sangre. Un poco, pero le hirvió.

Tomó unas copas de algo que había por ahí, habló otro poco, hizo bromas. Dejó en ridículo a uno de sus amigos por haber tirado algo al suelo. Compró vino y le compraron. Se sentó, filosofó otro poco y, después de haber rompido el hielo ─de haberlo roto en pedazos, metafóricamente hablando─, contó unas anécdotas socialmente aceptables, pero por sobre todas las cosas, tomó vino, quizás un poco más de la cuenta, aunque la cuestión todavía seguía controlada.

Para su sorpresa, la chiquita linda, simpática y más sociable, la del comentario destructor, estaba con su novio: un tipo parecido a Brad Pitt. Él no podía competir con semejante mastodonte. Igualmente, advertía que esta chiquita lo miraba ─en esa y en otras ocasiones─ con la invitación a los sutiles pecados. Esto le traía confusión, tal vez una doble.

Habló con algunas chicas. Insistió que uno de sus amigos hablara con una muchacha tímida, alejada del resto. Una vez juntos, alzó la voz diciendo que 'se había formado una pareja' ─Roberto Galán hubiera salpicado una sonrisa desde su tumba─; ellos dos, claro, colorados. Le encantaba producir esas situaciones.

Le cayó especialmente bien a la amiga/compañera de pensión de ella. Como eran del mismo lugar, ambos rompieron el hielo sobre temas afines geográficos. Su compañera de pensión le había echado un ojo, y él, fiel a sus asuntos machísticos, no rehusó a las invitaciones.

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* Chamuyar: arte en la que se inscribe un chico para seducir a una chica, a veces mintiendo a veces exaltando cualidades innatas o adquiridas.


-10-

Una vez acabada la reunión, él insistió en acompañarla a ella ─y a su compañera─ a su casa. Él fue junto a su amigo y cómplice.

Se despidió de la chiquilla simpática con un beso desalentador ─el mastodonte era muy lindo/fachero─. Tiempo después aprendería que si billetera mata galán, labia mata billetera...

Se fueron cantando por la peatonal. Él, extrovertido y bajo los delicados efectos del vino, cantaba en voz alta y casi gritando unas canciones románticas afines al grupo caminador. Cantaba lindo al desentonar sólo pocas veces, quizás el vino ayudó con las notas altas. Los demás se le sumaron en algunas canciones.

En ciertas esquinas se encontraban policías, que ya venían advirtiendo los gritos metros antes, a quienes él se dirigía con su canto presumido, peculiar, ausente de vergüenzas. Estos guardianes de la casi bahía, algunos miraban de reojo, otros, sonreían. Por alguna razón, el grupo caminador sabía, que ese surco peatonal ahora les pertenecía.

Pasadas una cuadras se abrazaron todos y fueron cantando en voz cada vez más alta. Ya les había contagiado sus características del momento, características éstas vinculadas a esa cosa llamada personalidad. A veces la vergüenza era mutua y se miraban y reían por ello.

Él de tanto apretar, se soltó. Ya no había nubes qué trepar, las había alcanzado a todas. Él fue libre y feliz por más de cinco minutos...

viernes, 25 de noviembre de 2011

Amor no se escribe en la pared | Un nuevo actor en la escena - Cap. 7


Esta es la primera serie que me animo a escribir de lo que llamo cuentos cortos impersonales la cual titulé Amor no se escribe en la pared.

Anteriormente: El encuentro en la casa.

Ahora: 
Amor no se escribe en la pared | Un nuevo actor en la escena

-7- 

Era una casa grande, antigua; era fresca, con los techos altos. Una vez hubieron llegado a la puerta de su casa, su amigo y él, tocaron el portero:

─ ¿Si...?
─ ¡Hola! Soy yo, ¿está Florencia?
─Sí, sí, ya te atiende (se oyen risas, alguien se río adentro).

Ellos también se rieron. Un ratito después, ella abrió la puerta. Todo su olor lo impregnó. La casa y ella tenían un olor característico; él, incluso con el pasar cruel del tiempo, reconocería esos olores en cualquier lugar. Suspiraría al sentirlos una vez más...

Para llegar a la puerta de su casa, se debía subir unos dos escalones, por lo tanto, al estar parado ahí se veían las cosas desde una altura de nivel superior. Las personas que estaban al nivel de la vereda, obviamente, estaban más abajo. Cuando ella abrió la puerta, él se enfrentó con el centro del Universo, con el pasadizo hacia lo que él después llamaría el Paraíso. Él se encontró con su pupo. Lo envolvía una cintura perfecta, un estómago chato. En el nivel superior había un rostro simpático y sonriente que dijo: ─ ¡Pasen!

Después de los besos protocolares, ingresaron. Pasaron inmediatamente hacia un pequeño pasillo, luego por la antesala. Recorrieron un sector amplio, una especie de patio interno en donde se encontraba hacia la derecha una computadora, y se dirigieron a lo que debía ser el comedor, justo antes de la cocina. En ella había una mesa alrededor de la cual estaban sentadas sus compañeras, sonrientes y buenamente presumiendo, todas ellas.

Pidió agua. Tomó su agua. La vio atentamente ir y venir, luego sentarse. Hizo las bromas pertinentes. Esa casa era un lugar en el que no creía iba a estar tanto tiempo.

-8- 

Unos días después de aquella visita a su casa, a él, junto a sus compañeros/as, le invitaron a asistir a una especie de reunión en el techo de la casa de un chico. Este ser humano sexo masculino había organizado una juntada en el techo del edificio en donde tenía su departamento. Este ser humano tenía serias pretensiones con ella. Sin dudas, el nuevo actor de la escena era mucho más certero a la hora de estar con la chica del pupo.

Él ya lo veía cerca de ella, a la entrada y a la salida del curso, muy seguidamente. Imaginó que a ella sí que le gustaba este chico. Su perfil de macho salió y se plasmó silenciosamente, torrente sanguíneo mediante, en las características palpitaciones al acercar ideas respecto de ese rejunte. Él nunca le había avisado a nadie sobre su gusto por ella. Ni a su amigo. Quizás pudieron haber unas sospechas, pero él era muy bueno ocultando intenciones...al principio. Después, se le solían desvanecer las estrategias.

Todavía no se había dado cuenta, pero él no era un muy buen amigo de sí mismo que digamos... Si pensaba que un asunto se le complicaba, él no se daba apoyo, es más, se lo quitaba. Más tarde ─bien tarde─ descubriría que él era su propio enemigo.

To be continued...

jueves, 24 de noviembre de 2011

Amor no se escribe en la pared | Cuentos cortos impersonales - Cap. 5

Esta es la primera serie que me animo a escribir de cuentos cortos impersonales la cual titulé Amor no se escribe en la pared.

Anteriormente: Los preámbulos.

Ahora: 
Amor no se escribe en la pared | El encuentro en la casa

-5- 

Hasta que un día consiguió en tomar el camino de la salida juntos. Sin saberlo aún, él ya la estaba idealizando en aquellas ocasiones. Pensaba que era muy linda, re linda, ¡súper linda! Veía de reojo, al caminar al lado de ella, cómo su cabello formaba una línea clara en su cabeza y como sus pelitos iban cayendo hasta los hombros después de haber estado toda una mañana, seguramente, peinándose. Le agradaba muchísimo el eco de sus chistes en la forma sublime de su risa. Las primeras veces, una vez habían llegado al extremo del parque, la separación la sentía injusta, levemente incómoda y dolorosa. Ella se iba por un lado, sola, y él, por otro, acompañado de gente con la que no deseaba estar. Estaba frustrado por no haber podido idear una forma de acompañarla sin que quede como una desviación de su propio camino, deliberada y auspiciosamente señalable.

Él no quería que ella se diera cuenta de nada. Pero le gustaba tanto...

─ ¿Qué les parece si mañana se vienen a mi casa? -comentó ella de nuevo a la salida, más aireada, más accesible.
─ Bueno, mañana vamos a tu casa, pero léanse algo cosa que no vayamos sin saber nada -objetó él-. Chicas, lleven poca ropa así nos divertimos estudiando -dijo, haciéndose el gracioso, una vez más, tal vez con éxito.
─Vayan a mi casa a eso de las tres de la tarde. Anotá -le dijo ella- la pensión en la que vivo queda en... 

¡Houston, aquí NO tenemos un problema! 

 -6- 

Todo el perfume del mundo en su cuerpo aquella siesta. Mil y unas miradas en el espejo. Él quería estar lindo, no quería ir hacia su casa con asuntos librados al azar.

Tomó el colectivo, ya medio tarde, pero con una comodidad que es propia del tipo que llama positivamente la atención: ─ Seré el rey...-pensó.

Cinco cuadras antes de tener que tocar el timbre del ómnibus, ya empezó a transpirar. Se puso nervioso. Se puso ansioso. Se tiró un poquito de basura a sí mismo pensando que todo iba a fracasar, que al final, él no iba a gustar ni a ella ni a nadie. No iba a gustarle a ella.

¡Riiiinnng...! Se bajó del colectivo, esperó a que su amigo llegase al punto indicado de encuentro; no era tan tonto de llegar solito a la casa. Él se sentía más seguro si tenía un cómplice. Por eso accedía a los pedidos de la gente, de su amigo, en la Universidad, porque se sentía seguro siendo más que uno, siendo dos o más. Él lo sospechaba, pero no lo sabía con certeza: él era el Dios de la inseguridad.